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Redes sutiles de la educación


SINOPSIS / CRÍTICA / AUTOR / CITA / TUIT / BIBLIO


Las redes sutiles de la educación (2016) presenta los fundamentos de un nuevo paradigma pedagógico, una "perspectiva sistémica" que ya hemos abordado anteriormente en el blog. Sin duda, estamos ante una de las cuestiones más complejas y, a la vez, revolucionarias de las Ciencias de la Educación. En el libro se profundiza en tres dimensiones: (1) la visión sistémica, multidimensional y evolutiva; (2) líneas estratégicas para un sistema educativo sistémico y multidimensional; y (3) herramientas de cohesión en los centros educativos.

Hay que empezar admitiendo que no es tema asequible para profanos en la materia. La pedagogía sistémica gestiona la complejidad del ser humano y de sus relaciones personales y familiares; lo que ya es extremadamente complejo de por sí. No obstante, los autores reflejan de forma clara los fundamentos de este nuevo paradigma. No así, las herramientas didácticas para llevarlo a la práctica en el aula o en un centro educativo. Aún no he encontrado una obra que lo haga (se agradecen recomendaciones). A pesar de ello, este libro es uno de los imprescindibles en cualquier biblioteca pedagógica.

Mercè Traveset @MerceTravesetV es pionera en el desarrollo de la pedagogía sistémica en España y en la aplicación de las constelaciones familiares en la educación. Carles Perellada es codirector de las formaciones de pedagogía sistémica de Cataluña. Además tiene una amplia experiencia en la aplicación de la perspectiva sistémica en el aula. Ambos son voces muy autorizadas, con un amplio conocimiento y experiencia que reflejan en cada página.

No puede excluirse ningún componente educativo, ninguna dimensión de la persona, ninguna inteligencia, ni aplicar una educación basada en aprendizajes todavía tan académicos que excluyen los fenómenos de la vida, del cuerpo, las emociones, los sentidos y significados profundos de la interioridad de cada persona y familia, una enseñanza basada en libros que son como ataúdes de conocimiento muerto. Página 90



El valor de la neurodiversidad

Foto de Enrique Sánchez vía Flickr

Li Shimin, emperador chino del año 648, dejó escrito lo siguiente:


Un líder sabio elige a la persona adecuada para cada tarea. Es como un buen carpintero, que sabe utilizar la madera recta para hacer varas, la curva para ruedas, y los trozos más largos para vigas. Así como un buen carpintero no descarta ninguna madera, un emperador astuto no prescinde de ninguna persona.

Sin saberlo, estaba confirmando lo que la ciencia reconocería muchos años después: EL VALOR DE LA NEURODIVERSIDAD.

La sociedad actual, y con ella la escuela (especialmente a partir de la LOMCE, como vimos aquí), no coincide con la visión del emperador de la dinastía Tang. Muy al contrario, apuesta por una ideología antagónica: la normalidad. Curiosamente, la palabra «normal» ni siquiera era de uso común hasta 1840. Deriva del latín «norma», que era la escuadra de un carpintero.

En el siglo XIX, el estadístico Adolphe Quetelet recopiló datos sobre altura, peso, envergadura... e «inventó» a la persona-promedio. A partir de ahí surgió un desmedido interés por la estandarización.


¿Qué sucede con los que no se ajustan a lo normal?

A nadie se le escapa que estar fuera del promedio puede acarrear dificultades, que las personas afectadas sienten especialmente. Recuerdo un cuento sobre dos cántaros que lo refleja perfectamente. Uno era «normal», el otro tenía una grieta en su costado. El aguador los llenaba en el río y para cuando llegaba a casa, el primer recipiente estaba lleno y el otro por la mitad. Al comprobar esa situación, el cántaro agrietado se dirigió a su propietario:

—Cada día te veo hacer un gran esfuerzo para traer agua. Yo pierdo la mitad por el camino. Sé que me tienes cariño, pero entendería que quisieras deshacerte de mí.

Del docente, perdón, del aguador cabría esperarse que prescindiera del cántaro roto. Todos, incluido el propio implicado, lo entenderían. Sin embargo, el hombre supo reconocer la virtud más allá de los criterios normales:

—Es cierto, tú me aportas la mitad del agua que los demás, pero también haces algo que quizá no sepas: me alegras cada mañana. Vamos a hacer una cosa, durante el trayecto de vuelta quiero que te fijes a qué lado del camino crecen las flores.

Foto de Dani Vázquez vía Flickr

En solo 10 minutos

Foto de Enrique Sánchez vía Flickr

Recuerdo con cariño a Joaquín, era un compañero, un amigo de del colegio. Hoy lo etiquetaríamos como un alumno con "Necesidades Educativas Especiales". En aquella época, y para nosotros, era un niño que hacía fichas de primero en una clase de sexto. Su comportamiento también era más infantil, pero no nos resultaba extraño, lo conocíamos desde siempre. Lo cierto es que tener a Joaquín en clase era un privilegio. Mejor dicho, el profe Pedro hacía que lo fuera.

Ahora, después de diez años en las aulas, entiendo que un alumno con un nivel de competencia curricular de Primer Ciclo tiene que hacer un esfuerzo tremendo para soportar una clase de sexto. Creo que el profe Pedro también era consciente de ello. Por eso, cuando Joaquín se empezaba a mostrar más inquieto, el profe cortaba la clase. Daba igual si era mates, lengua o un examen. "¡Atención, Joaquín tiene algo que contarnos!", nos decía. Y para mí era fantástico, mi cabeza tampoco soportaba tanto tiempo seguido de trabajo intelectual.

Diez minutos, no creo que fuera más, SOLO 10 MINUTOS. En ese tiempo, Joaquín salía a la pizarra y nos explicaba lo que estaba aprendiendo. Otras veces, simplemente narraba lo que hizo la tarde anterior. El resto, escuchábamos. Si la situación lo requería, también participábamos. Sería imposible describir con palabras la sensibilidad con la que esa clase ayudaba o corregía a Joaquín. Incluso los más gamberros parecían transformarse en aquellos diez minutos.

Recuerdo que el profe tuvo problemas. Algunos padres "protestaron", sus hijos perdían diez minutos de clase todos los días. "Iban a ir menos reparados al instituto que los del otro sexto", le reprocharon. Mis padres asistieron a la asamblea que convocó el colegio. El profe Pedro dijo: "Es cierto, perdemos diez minutos de matemáticas, pero ni se imaginan lo que ganamos a cambio".

Ahora estoy seguro, Joaquín nos dio mucho más de lo que recibió en esos diez minutos. Nos ayudó a desarrollar la empatía, el respeto hacia la diferencia, la solidaridad... nos ayudó a ser mejores personas. Y todo a cambio de solo 10 minutos.


Educar la mente sin educar el corazón, no es educar en absoluto. Aristóteles