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¡Yo quiero bailar!

Foto de Peter Voerman vía Flickr

Gillian Lynne tiene una historia vital fascinante. Con solo ocho años sufrió un auténtico calvario en la escuela. Aquello no se le daba bien: siempre dispersa, con poca paciencia para escribir y dificultades para permanecer sentada. Defenestrada para los estudios por su profesora, la llevaron a un psiquiatra en busca de respuestas. Allí estaba Gillian, rellenando test en una sala con un falso espejo desde el que la observaban. De repente se levantó y empezó a bailar al son del hilo musical. Sus movimientos eran tan elegantes, tan acompasados, tan naturales… «No está enferma, es bailarina», fue el acertado diagnóstico que recibió. Tratamiento: «Matricúlenla en una escuela de danza». Ahora Gillian es nonagenaria, pero aún recuerda el momento en el que pisó por primera vez la que sería su academia: «Encontré a personas como yo, que necesitaban bailar para ser felices. Aquel era mi lugar en el mundo».

La señora Lynne tuvo la suerte de encontrar pronto su pasión y dedicó su vida a desarrollarla. Nada habría sido igual lejos de los escenarios. Que se lo digan al mendigo del cuento, que estuvo toda su vida pidiendo limosna a las personas que pasaban por su lado. Cierto día, cuando ya era anciano, alguien le preguntó: «¿Qué es eso sobre lo que estás sentado?». El mendigó contestó que no lo sabía y aceptó la propuesta de abrir el gran cofre que llevaba años sirviéndole de asiento. Oro, joyas, esmeraldas… un tesoro. ¡Había sido rico toda su vida sin saberlo!

La infancia es el momento adecuado para descubrir ese tesoro que cada uno lleva dentro. Gillian Lynne llegó a ser solista del Royal Ballet Company de Londres y actuó por todo el mundo. Después formó su propia compañía de teatro en Broadway, donde creó algunos de los musicales más célebres de todos los tiempos, como Cats o El fantasma de la ópera. Hizo disfrutar a millones de personas y desarrolló una gran carrera profesional, pero confiesa algo que estuvo por encima de todo aquello: «Disfruté con ilusión, me enamoré de ese maravilloso mundo… soy feliz con la danza». Un éxito en todos los sentidos, y no gracias a la escuela precisamente.

¿Cuántos TALENTOS como el de Gillian siguen pasando DESAPERCIBIDOS en las aulas?

Deberes los justos

Foto de Woodleywonderworks vía Flickr

Eva Bailén está al frente de una campaña que denuncia las condiciones de trabajo de un colectivo muy amplio. A través de un vídeo titulado «El trabajo más esclavo» presenta un interesante experimento social, en el que unos desconocidos comparan sus contextos laborales mediante una conversación de chat. Después tendrán que averiguar a qué se dedican. La sorpresa de los participantes es mayúscula cuando descubren que su interlocutor solo tiene diez años. Un estudiante de Primaria les ha relatado, entre otras cosas, que su trabajo se alarga hasta la hora de cenar, que apenas tiene tiempo para estar con su familia y que no se libra de sus obligaciones académicas ni en vacaciones.

Imagina que tienes una de esas jornadas interminables. Mucho te tendría que gustar el trabajo para no plantearte un cambio o incluso dejarlo, ¿no pensarán así nuestros niños? Quizá por ello la tasa española de abandono escolar sea la más alta de Europa. No es una conjetura. El investigador John Buell comprobó que una de las principales razones para dejar los estudios en zonas deprimidas es precisamente tantas «horas extras» en jornada de tarde. La situación empeora cuando la familia no puede ayudar, ya que es más probable que surjan carencias en el aprendizaje, que actuarán como una velada invitación a salir del sistema educativo por la puerta de atrás.

También se ha analizado el impacto que tiene sobre el rendimiento la prolongación del trabajo escolar en casa. El profesor Ángel Santamaría, después de revisar la literatura científica, concluye que «nadie jamás ha demostrado la utilidad de los deberes». Khon va más allá, en su libro El mito de los deberes explica por qué los considera perjudiciales.

Los alumnos españoles son de los que más tiempo dedican en casa a tareas escolares, y no hay un argumento pedagógico que recomiende tantos deberes, más bien al contrario. Pueden tener su razón de ser como un proceso creativo, aplicado y conciso; enfocado a reforzar (y no a repetir) lo aprendido. Una actividad compatible con el ocio y las relaciones familiares. Si estás de acuerdo, puedes apoyar con tu firma la campaña por los deberes justos iniciada en internet: www.change.org/losdeberesjustos

En solo 10 minutos

Foto de Enrique Sánchez vía Flickr

Recuerdo con cariño a Joaquín, era un compañero, un amigo de del colegio. Hoy lo etiquetaríamos como un alumno con "Necesidades Educativas Especiales". En aquella época, y para nosotros, era un niño que hacía fichas de primero en una clase de sexto. Su comportamiento también era más infantil, pero no nos resultaba extraño, lo conocíamos desde siempre. Lo cierto es que tener a Joaquín en clase era un privilegio. Mejor dicho, el profe Pedro hacía que lo fuera.

Ahora, después de diez años en las aulas, entiendo que un alumno con un nivel de competencia curricular de Primer Ciclo tiene que hacer un esfuerzo tremendo para soportar una clase de sexto. Creo que el profe Pedro también era consciente de ello. Por eso, cuando Joaquín se empezaba a mostrar más inquieto, el profe cortaba la clase. Daba igual si era mates, lengua o un examen. "¡Atención, Joaquín tiene algo que contarnos!", nos decía. Y para mí era fantástico, mi cabeza tampoco soportaba tanto tiempo seguido de trabajo intelectual.

Diez minutos, no creo que fuera más, SOLO 10 MINUTOS. En ese tiempo, Joaquín salía a la pizarra y nos explicaba lo que estaba aprendiendo. Otras veces, simplemente narraba lo que hizo la tarde anterior. El resto, escuchábamos. Si la situación lo requería, también participábamos. Sería imposible describir con palabras la sensibilidad con la que esa clase ayudaba o corregía a Joaquín. Incluso los más gamberros parecían transformarse en aquellos diez minutos.

Recuerdo que el profe tuvo problemas. Algunos padres "protestaron", sus hijos perdían diez minutos de clase todos los días. "Iban a ir menos reparados al instituto que los del otro sexto", le reprocharon. Mis padres asistieron a la asamblea que convocó el colegio. El profe Pedro dijo: "Es cierto, perdemos diez minutos de matemáticas, pero ni se imaginan lo que ganamos a cambio".

Ahora estoy seguro, Joaquín nos dio mucho más de lo que recibió en esos diez minutos. Nos ayudó a desarrollar la empatía, el respeto hacia la diferencia, la solidaridad... nos ayudó a ser mejores personas. Y todo a cambio de solo 10 minutos.


Educar la mente sin educar el corazón, no es educar en absoluto. Aristóteles